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El origen del encaje es del todo incierto. Lo que sí sabemos es que el encaje a la aguja deriva del bordado y el encaje de bolillos del tejido.

Algunos autores opinan que es muy antiguo, basándose en  los trajes de ceremonia que utilizaban los egipcios, con adornos parecidos al encaje, y según estos hallazgos, sería posible deducir que, en la época de las últimas dinastías se entrecruzaban hilos para formar adornos con huesos o plomos enrollados, siendo los precursores de nuestros bolillos.

Los italianos aseguran que este arte pasó a Italia en tiempos que Egipto fue colonia romana.

Los asirios fueron muy aficionados al uso de bordados en franjas y adornos de todas clases, atribuyéndoles el origen de la pasamanería. De esta manera, esta artesanía pasa  de manos de los asirios a los persas, éstos a los árabes y de ellos a nosotros. No debemos olvidar que los antiguos pobladores de  la Península: los íberos hicieron, siglos antes de la llegada de los árabes, adornos muy parecidos a las pasamanerías. Un claro ejemplo, es la ornamentación que lleva la escultura de la Dama de Elche. 

El término “pasamanos" figura en documentos españoles del siglo XIII y XIV, y hallazgos en tumbas demuestran la existencia de rudimentarios encajes en esta época en España.

 Pasamanos se llamaba  en España a los encajes de oro, plata y sedas, y puntas de randa a los realizados en hilo blanco, a veces mezclados con hilos de color o metálicos. 

Randa es el nombre primitivo que se le dio al encaje. Su origen viene del sajón rand: borde, orla. Cuando más adelante las randas acabaron en pico se les añadió la palabra puntas o puntillas.

En el Monasterio de Pedralbes de Barcelona, se conserva un encaje hecho a bolillos, con hilo de oro, seda de color carmesí, perlas y granates. Se le atribuye a la Reina Elisenda de Moncada, cuarta esposa de Jaume II, y data del siglo XIV.

A principios del s. XVI aparece en los archivos el término “encaje”, y lo especifica como “una labor tramada, encajada entre dos telas”.

España posee encajes autóctonos, tanto a la aguja como a bolillo:

El Punto de España, utilizado en la Edad Media, según nos indican las leyes suntuarias de la época,  adquirió mucha importancia  en la Corte española, Es un encaje muy lujoso, por la utilización de  metales preciosos : oro y plata. 

Dentro de los Puntos de España, cabe remarcar el Frisado de Valladolid: Encaje autóctono de Castilla, trabajado a la aguja y confeccionado con hilos metálicos en oro y plata, conjugando sedas de colores suaves.

Del siglo XVI, se conserva en el Convento de las Carmelitas Descalzas de Toledo unos corporales de Frisado de Valladolid, atribuidos a Santa Teresa de Jesús.

Otro encaje español a la aguja son los Soles: Confeccionados con diferentes técnicas dependiendo del lugar, encontramos los siguientes: Soles Salmantinos, Soles Cacereños, Soles de Tenerife y, Punto de Cataluña. Se empleaban en la  indumentaria, sobre todo en camisas interiores, y lencería del hogar.

En cuanto a los autóctonos de bolillos se realizaron los Encajes Numéricos, también llamados de doce bolillos o punta de cinta.

Se distinguen los numéricos de Talavera de la Reina, siendo los más suntuosos, realizados con hebras de seda de color y con torzales de oro o plata, evolucionando a partir del siglo XVI. Su aplicación principal, fue la ornamentación de paños e indumentaria litúrgica, indumentaria cortesana y lencería del hogar.

El numérico catalán o Punto de Cinta se realizaba con hilo de lino, y su aplicación era para corporales litúrgicos, pañuelos de ceremonia, puños, puñetas de togas, vuelillos, cuellos, y ajuares.

El numérico extremeño, dicho también brujo o de la bruja, incluía más guías y puntos técnicos. Se impuso como encaje barroco para la indumentaria de la mujer, cortinajes, etc.  

El encaje ha sido uno de los termómetros indicadores del valor social de cada época, siendo un signo de riqueza, jerarquía y poder. Gran número de retratos de reyes y personajes de la corte, burgueses etc., ponen de manifiesto su categoría social en la forma de vestir, mostrando cantidad, calidad y variedad de encajes.  

También podríamos hablar de él en un sentido socioeconómico, ya que llegó a ser un producto de relevante importancia en cuanto a aspectos técnicos, laborales, mercantiles y legales.

España fue un gran centro de exportación hacia Flandes, Francia, Italia y América, aunque la importación de encajes europeos también fue destacada, debido al ansia de variar en modelos y estilos, tanto, que dio lugar a la prohibición de lucir puntillas, especialmente en los reinados de Felipe II y Felipe III. 

Con la llegada del Renacimiento y el Barroco se intensifica su uso en la indumentaria de la Corte, trasladándose también a la de Versalles, y al resto de las cortes europeas. 

En 1557 en Venecia,  aparece el primer libro de patrones de encaje de bolillos, llamado “La Pompe”, de autor anónimo. Es importante destacar que indicaba a sus lectoras el número de bolillos necesarios para ejecutar la labor. Las precisiones técnicas estaban casi siempre ausentes en los libros de patrones, que iban destinados, hasta finales del siglo XVI únicamente a mujeres de la nobleza.

El veneciano Federico Vinciolo, dedicó a Catalina de  Médicis su libro de patrones: “Les singulieres et nouveaux portraits de seigneur Federic de Vinciolo”, Vénitien, pour toutes sortes d’ouvrages de lingerie, publicado en París en 1587, y que reproducía modelos de reticella y  malla bordada.

Los modelos que ofrecían estos libros eran, generalmente motivos geométricos, mosaicos de triángulos, cuadrados, etc. E incluso a veces, con formas más realistas como animales, formas humanas, y flores insertadas en formas geométricas.

En el siglo XVII, el oficio de encajera ya adquiere una gran importancia y se desarrolla por toda Europa. Se ve claramente un gran movimiento en nuevas creaciones de estilos y métodos de realización del encaje.

 Es una época marcada por la prosperidad económica de Flandes (Países Bajos), donde el lino, materia prima esencial para realizar encajes abunda, propiciando la creación de estilos propios.

En 1630 destaca el  punto de Flandes llamado: Punto de Inglaterra. A partir de 1640 la decoración de las puntas flamencas se enriquece, dando lugar a nuevas creaciones que serán célebres a partir de 1650-1670 en toda Europa, destacando los encajes de Malinas, Binche, Brujas y Bruselas.

En 1650 Italia es la reina del encaje a la aguja. Aparece el Punto de Venecia propiamente dicho, siendo admiradas por toda Europa y, utilizadas más por los hombres que por las mujeres.

En Francia los excesivos precios que se pagaban por las puntas de importación de la corte francesa, hacen tomar parte al ministro de Economía y Finanzas de LuisXIV, Jean Baptiste Colbert, fundando el 5 de agosto de 1665 Les Manufactures Royales de Point de France, en París, y creando centros de producción en varias ciudades del reino.

La idea de Colbert, no era únicamente la de realizar el Punto de Venecia (importado de Italia) en Francia, sino la de crear un encaje con identidad propia. Para ello movilizará a los pintores y diseñadores de la corte.

Las encajeras interpretarán los diseños de Charles le Brun realizados en la obra “Les Gobelins”, realizando un encaje a la aguja con fondo de trabillas en forma exagonal. Este punto de fondo se le denominará Punto de Francia.

En el siglo XVIII la mano de obra llega casi a la perfección. El esfuerzo de las encajeras se decanta más en los detalles: combinaciones de puntos y mallas que enriquecen el encaje.

La especialización de los centros productores europeos es característica esencial de este siglo. Un centro productor dará nombre a una punta definida, que después se podrá realizar en otros lugares, siempre aprendiendo la técnica específica de esa punta.

Durante la primera mitad de este siglo, se realizan muchas puntas y muy apreciadas, pero a mediados de siglo, su uso cae en picado, ya que se tiende a una simplificación en el vestir, todo ello motivado entre otras cosas, por la llegada de la Revolución Francesa y la caída de la monarquía en Francia..

El encaje español se ve influenciado por los italianos y flamencos durante el siglo XVIII, debido a las grandes importaciones que se recibían, para usos propio y para la exportación a América. A pesar de estas influencias se conservaba un estilo bastante peculiar.

A partir de la dinastía de los Borbones, se acentúa la  influencia del estilo francés en el encaje, y, para evitar males mayores, Felipe V decide proteger el encaje español dictando la pragmática en la que prohíbe el uso del encaje extranjero, y también el metal en el mismo, por lo tanto: los puntos de España quedan prohibidos, pero pasan a tener más importancia los encajes realizados con seda: Las Blondas. Éstas fueron uno de los encajes más importantes del siglo XVIII, centrándose su producción, especialmente en la zona costera catalana.

Existían varios tipos de blonda: Blonda llena, de castañuela, de dos tonos, ligera, de espuma, de reja, matizada y polícroma, ésta última realizada con sedas de colores.

Otras zonas españolas que destacaron en importancia fueron:

 En Galicia, el encaje de Camariñas, que se dedicó a la exportación hacia América.

En la Mancha, destacaron los encajes Almagro, en Ciudad Real. En 1766, un fabricante de encajes catalán, Joan Baptista Torres, se estableció en Almagro y enseñó a trabajar la blonda, resultando ser otro foco importante de producción. 

Llegamos al siglo XIX: La visita que realizó Napoleón y Josefina a Bruselas en 1803, fue de gran ayuda para la industria encajera. El Primer Cónsul y esposa, fueron obsequiados con encaje de Bruselas. Más tarde éste realizaría varios encargos, entre ellos los encajes destinados a parte del vestuario del papa Pío VII, y también el regalo de bodas a María Luisa,  puntillas por valor de 300.000 francos.

Los encajes se utilizaron, de nuevo, para las grandes ocasiones, y como protocolo era obligatorio lucir los caballeros, corbatas de encaje de Alençon. 

El retorno de los encajes renacentistas y barrocos comenzará en Italia extendiéndose de nuevo a toda Europa. Las puntas blancas que hasta entonces se habían realizado con lino, comenzarán a realizarse en algodón, perdiendo la blancura y fineza característica.

La aparición del telar de tul mecánico inventado por el inglés Heathcoat en 1809,y perfeccionado posteriormente por Leavers, en Nottingham, contribuirá a la desaparición de las encajeras dedicadas únicamente a confeccionar el tul para la punta de Bruselas o de Inglaterra. Los motivos a bolillo o a la aguja se aplicarán más tarde sobre el tul mecánico.

En este siglo aparecerán encajes nuevos:

En Bélgica surge la Gasa de Bruselas, realizada a la aguja. La Duquesa Clásica de Brujas, creada en 1853 en Brujas, con motivo del enlace matrimonial el futuro rey belga Leopoldo con la duquesa María Henriette de Francia y la Duquesa de Bruselas, con las mismas características que la anterior pero con elementos de aguja.

En Francia, durante la segunda mitad de siglo, toman relevancia los puntos de Francia, y dentro de ellos destacarán el Punto de Alençon (siglo XVIII), utilizado en esta época en algodón, y el Punto de Argentan.

En bolillos, la Punta de Valenciennes, originariamente de hilos continuos, fue utilizada sobre todo, para la ropa interior femenina.

Una de las más utilizadas en la indumentaria femenina fue la de Chantilly, de hilos continuos y de seda negra, confeccionándose por piezas que más tarde se cosían y permitían la anchura deseada.

En Italia, en 1872, se crea la Scuola de Merleti de Burano, por Paolo Fambri y la condesa Adriana Marcello. La única conocedora del punto de Burano, Ciencia Scarparioa, se encargó de sacar adelante la escuela, retomando los puntos clásicos venecianos del Renacimiento y Barroco con gran perfección.l

También reaparece el Encaje de Milán, que había estado sumido en un largo letargo.

Durante el siglo XIX, Cataluña fue el centro encajero más importante, donde se trabajaban las blondas y en menor cantidad el Chantilly. También se realizaban encajes populares a bolillos llamados Encajes Geoméricos.

En este siglo surgió una punta autóctona catalana: El Ret fí Català o Punta D’Arenys. Es parecida a las blondas, pero confeccionada íntegramente en algodón. También muy utilizada en mantillas, pañuelos y, lencería íntima y del hogar.

En esta época, en L’Arboç del Penedés, se confeccionan blondas de gran calidad, además de encajes autóctonos, cuya técnica continúa utilizándose en nuestros días. 

Durante el traspaso del siglo XIX al XX (1885-1910), las artes aplicadas sufren diferentes versiones dentro de un mismo movimiento cultural que recibe varios nombres dependiendo del país donde se encuentren. En nuestro país recibió el nombre de Modernismo. 

Este movimiento también influye en las puntas y sus diseños, y como no, en la indumentaria. Encontraremos artistas que se interesarán por el encaje, y sus diseños  incorporarán todos los elementos del Modernismo que tanto está en boga.

La época Modernista también influyó en el encaje español, sobre todo en Cataluña, cuna de este movimiento artístico. Se conservan varios diseños modernistas en el Museo Marés de la Punta, en Arenys de Mar (Barcelona), creados por la casa Castells, entre otros diseñadores. 

Por fin llegamos al siglo XX. El encaje de bolillos poco a poco, sin perder su importancia como arte suntuario, queda  relegado como producción industrial, y las encajeras, que hasta la primera mitad de siglo habían contribuido, con la confección y venta de sus encajes, a la economía familiar, realizan este arte entorno a la vida privada.

El encaje, aunque había estado un tanto dormido, resurge hacia la segunda mitad de siglo, renovándose continuamente, creando nuevas tendencias (podemos subrayar el auge del Encaje Contemporáneo, destacando artistas de la República Checa, Países Nórdicos y Holanda), utilizando nuevos materiales, como hilos metálicos, metales, papel, plástico, etc., y llegando hasta el siglo XXI con una gran expansión, no sólo por Europa, sino también en Estados Unidos,  Países Latinoamericanos, Canadá, La India y Japón.

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